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Ejercicios estilísticos.- Reelaboración de "Profundo siesta de Remi" de Julio Cortázar

Requisitos:
•Mismo número de párrafos (9 en el original)
•Diálogos
•Más pistas
•Cambio de focalización
•Un móvil


¿Dónde puse los cigarros? ¡Qué coraje! Tener que sacrificar el momento más productivo del día con tal de dormir un poco, el único que me da tranquilidad y silencio total para dedicarme a lo más querido, la mayor alegría de mi vida, y no poder aprovecharlo, lejos de aquélla por unos instantes, de sus intromisiones constantes, te extrañé mi amor, me diste ternura, Chiquito, y verla ahí en el vano de la puerta, no, no te voy a interrumpir, no estoy aquí, y uno ya fuera de concentración, con la escena que se tenía en mente totalmente desdibujada, falta de la brillantez que había cobrado unos segundos atrás. Después de todo no se está tan mál en este silloncito. ¿Qué me está pasando en la noches? ¿Por qué no duermo? Esa estúpida necedad de premeditar mi muerte, de presenciarla, de ganarle la batalla cada noche. Y lo peor es que ahora con todo este estar pensando no tengo ni para cuándo dormirme, bonita ocurrencia la de festejar justo hoy, bueno, hoy, mañana, cualquier día, hubiera dado lo mismo. Y luego mi mamá, vengan a mi casa, ya tiene un siglo que no vienen, no sean así, aunque sea para verte en tu cumpleaños, Remi. Siempre estoy sola. Tú te quejas, mujer, de que tu marido no te hace caso cuando llegas de la oficina, pero al menos lo tienes ahí; en cambio Dawson se larga por la mañana bien trajeadito, y a veces hasta con sombrero, y no tiene hora de regreso. Me fui por un camioneta, vieja, me dice, qué camioneta ni que nada, te fuiste a ser... Y a ver dime, ¿para qué el traje?
Pero qué bien se está en este sillón, primero da un frío horrible, pero luego de un rato ya se calienta la piel. Y ese espejo ya habría que cambiarlo, me hace ver más feo y viejo desde aquí. Es tan extraño que ocupes mi mente justo ahora, Morella, pero cuándo si no. Soy tu amor oculto, estoy seguro, pero también cada día me convenzo más de que nunca seré un amor vuelto realidad. Soy tu consejero silencioso, un guardián inútil de tus empresas amorosas, meditadamente frustadas. Simplemente te espero, me recompensas con caricias y un beso ocasional, más como si se produjera entre hermanos. Es un sueño tocarte, Morella. Vámonos de aquí ahora mismo. ¿Qué hacemos en esta casa que no es la nuestra? Me dices que es imposible, que has visto cosas, que sabes algo, que sólo con la señora Belkis estás segura, que ya no sabrías estar sin su protección. No me queda más que mirarte rodeada de alientos pestilentes, fingir esa risilla tan tuya, desaparecer del vestíbulo con frecuencia, y siempre sobre ti las manos de ese tipo del sombrero y la gabardina caqui; yo me conformo con lo poco que me das, nunca tu totalidad.
Me encuentro dentro de la pieza fumando un cigarro. La puerta está cerrada. Morella camina por el pasillo. Se detiene y me pide que abra una de las ventanas interiores. Inesperadamente me dice que le gustaría vivir conmigo. Sin permitirme inquirir, agrega que sus padres están de acuerdo, asegura que podemos vivir cerca de la casa de la señora Belkis, si así lo prefiero. Le insisto sin que ella me escuche que cualquier lugar menos cerca de la sucia casa de esa señora, cuya única virtud en la vida ha sido servirnos de puente. Como hipnotizada por su discurso, continúa diciendo que podemos elegir el piso que queramos, que el dinero ya no es un problema. La plenitud opaca el ofuscamiento. Ella está preciosa con su rostro aguileño y sus cabellos lacios y oscuros, trenzados, de cuyas puntas cuelgan diminutas esferas multicolores. El adorno es extraño, mas no excesivo. Me pregunta qué me parece su propuesta. Me encanta, le respondo. ¿Por qué? De nuevo ella, en un tono que percibo inocente y al mismo tiempo sardónico. Porque te adoro. Le devuelvo la pregunta. Porque me adoras, me responde. Así es ella, nunca se permite mostrar ni siquiera un poco de lo que es su esencia. Después se aleja por el corredor con un paso infantil.
A Morella le ha gustado el primer departamento. Es de un corte antiguo, un tanto abandonado y descuidado. El que me gusta a mí es moderno, compacto, íntimo. En la calle nos topamos, sin saludarnos, con algunos tipos que ya he visto en la casa de la señora Belkis. Nos miran escrupulosamente. Pasan de largo. No termina de molestarme su presencia cuando en ese preciso instante algo sucede. Es un segundo, menos tal vez. Parece como si en ese momento nos supiéramos dentro de un sueño, como si el tiempo hubiera sufrido una ruptura, como si estuviéramos conscientes del desfase. Morella y yo seguimos estando ahí, y nuestros rostros, nuestras edades son los mismos, pero sabemos que de alguna manera estamos suplantando la realidad, que estamos superponiendo nuestra realidad. Nos decimos que de estar en la realidad –la realidad por ejemplo de un peatón cualquiera de la acera opuesta– nosotros no estaríamos juntos, puesto que en ese momento nuestras vidas habrían seguido caminos divergentes. Después olvidamos todo y continuamos con nuestra realidad, la realidad suplantada, pero que creemos la más auténticamente nuestra.
Volvemos al piso que ella ha elegido. A mí no me convence el lugar, pero ante su insistencia condesciendo a mirar de nuevo el balcón, lo que a su gusto es la mejor parte. Tan sólo unos segundos instalado ahí y le doy la razón. El edificio queda en una esquina y el balcón corre hacia ambas calles. Son corredores interminables. La blancura predomina. Quedo maravillado. No contaba con esa amplitud. La verdad es que es un balcón como cualquiera. Lo que me maravilla es la carrera de Morella por toda la superficie de mármol, una carrera lenta, pero constante. Embelesado, la miro correr y luego desaparecer entre las cortinas, estático, extático. Se tensan los músculos de mi boca. Inmediatamente después oigo sofocados cuchicheos en el interior. Me reprendo por haber tardado tanto y no haber vuelto ya con la señora Belkis. Me apresuro a entrar, pero me detengo en seco ante el resquicio de la puerta de caoba. No distingo silueta alguna.
–Puede entrar en cualquier momento. Por favor, Dawson, a él no, te lo suplico.
Azoto la madera con estrépito y en ese instante veo a Morella simultáneamente desprenderse de los brazos de la gabardina caqui, soltar un alarido sólo al ver el arma y precipitarse en mi dirección con los brazos extendidos. El disparo sólo pudo impactarse en ella, pero de su ejecución ya no soy testigo, pues no consigo abrir los ojos. Creo que estoy muerto. Ya sólo escucho sollozos sordos y una voz preguntando si todo está bien, si no me ha pasado nada. En el fondo escucho otra voz, creo que es mi madre que berrea el Remigio de una manera que detesto tanto.

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