De "Dimensiones" me interesa un aspecto en el que, creo, no se ha puesto suficiente atención. Sobre otros aspectos del relato, muy relevantes también, pueden encontrarse comentarios en sitios similares a éste. En este cuento de Munro se aprecia de inmediato una crítica férrea, repartida en dos niveles: en el primero la crítica apunta a la protagonista, Doree, y en el segundo al "antagonista" -pero principalmente a su discurso-, Lloyd. No está de más resaltar que para llevar a cabo su cometido, Munro delinea a ambos personajes con una precisión y una concisión admirables. A partir de detalles inocuos, pinceladas descriptivas, Doree (prototipo de millones de mujeres agachonas y dolientes) aparece como un personaje vencido, mentiroso y en extremo sumiso (o co-dependiente) que irrita por su tibieza a la hora de oponerse al concubino. El grado de desconcierto que produce el personaje llega a lo insultante cuando el lector se entera, después del acto execrable cometido por Lloyd, de que Doree incluso lo visita en el psiquiátrico. Todo eso, sin embargo, coadyuvará para que el final liberador del personaje central resulte más efectivo.
La segunda crítica, como se ha señalado, apunta al personaje de Lloyd. La personalidad indignante de éste, pero sobre todo la acción abyecta que comete contra sus hijos conmueve por el desparpajo con el que la lleva a cabo (otra pincelada maestra de la autora) y por hacerla pasar como algo justo, algo que Doree se merecía (y ¡quién es él, sino la mano justiciera que la realiza!). Ya por ese simple hecho el cuento se justifica. Pero en este punto se realiza una suerte de desdoblamiento. Uno de los puntos cruciales del entramado narrativo es el "discurso" de Lloyd de lo que él llama, en la carta que le envía a Doree, la "dimensión". De inicio, el asunto evidencia el inconmensurable cinismo y/o arrogancia del personaje con respecto a Doree (hay que recordar que Lloyd se da incluso el gusto de negarle a Doree dos veces audiencia en el psiquiátrico) pues, aún en esos niveles de locura o proyección, él sigue siendo superior a ella, es a él, y no a ella, a quien se le revela esa dimensión a través de la cual puede "ver" a sus hijos (...al menos puedo darte esta información, la Verdad...). La carta (una carta religiosa fundacional, como se verá) es por demás interesante. En ella, Lloyd habla de paz espiritual, de la perturbación que "tenía al principio", de "parar el sufrimiento", "salir al otro lado" y de "alcanzar la paz". Al mencionar a las grandes figuras religiosas de la historia y, de paso y de manera irónica, a Sócrates, al sugerir que ha trascendido el mundo, Lloyd no hace sino fundar una religión personal, herética como todas en Norteamérica, y cuyo primer adepto ha de ser, precisamente, Doree.
En un punto de la historia, Doree deja en claro, entre la sombra de duda que también la aqueja, que nadie puede ni tiene por qué entender la relación que tiene con Lloyd. Aquí se aprecia una de las "dimensiones" del cuento, una en el que viven relegados de la sociedad ambos padres, uno encerrado por cometer un crimen y la otra apartada por ser, según el escrutinio público, partícipe pasivo del crimen. Quedan claras en ese punto las razones de las recurrentes visitas de Doree al psiquiátrico. La muy tentadora idea de poder ver a sus hijos, primero increíble, termina por dominarla y la única forma de conseguir tal cosa es a través del médium, el sacerdote (Demente..., pero ¿no cabía la posibilidad de que lo que decía fuera verdad, de que hubiera salido al otro lado? ¿Y quién podía asegurar que las visiones de una persona que había hecho tal cosa y tal viaje no significaran algo?), que le ha de permitir alcanzar la dimensión en donde se hallan sus hijos. Ante esta encrucijada, el lector se vuelve cómplice de Doree y padece con ella, pero también alcanza a vislumbrar el grado sumo de manipulación de Lloyd cuando recurre a la estrategia (operación transmundana clásica) de describirle "el otro mundo", donde se encuentran los niños asesinados.
Y es aquí cuando se inserta, como momento culminante, la escena del accidente en la carretera. Dicho pasaje no puede entenderse más que como una liberación de Doree, liberación de la idea de la "dimensión" y liberación definitiva de Lloyd. Doree siente una empatía inmediata hacia el joven accidentado (que bien podría evocarle a su hijo mayor). Le insufla oxígeno al muchacho (curiosamente, se trata de una técnica que Lloyd le enseñó) y con ello le devuelve la vida. Ese momento parece ser iluminador y, acaso, a partir de allí se le torne patética la "dimensión" de Lloyd. El consuelo que éste planea llevarle (de ninguna forma desinteresadamente) se desmorona: sus hijos no están en ninguna parte, en ninguna dimensión, y, si lo están, el supuesto contacto con ellos en nada puede compararse a la vida misma. Por ende, el recurso al "sacerdos" es estéril, es un autoengaño, lo mismo que todas las iglesias que personajes como ese se han esforzado por erigir desde el inicio de los tiempos.
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