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Reseñas deshilachadas: María Fernanda Ampuero, "Pelea de gallos" (2018), Páginas de espuma, 115 pp. VS María Fernanda Ampuero, "Sacrificios humanos" (2021), Páginas de espuma, 140 pp.




Experimento banal:

I: No busco sus fotos en Google (no miro las solapas), no me entero de su biografía, no sé qué otros libros tiene publicados, no leo las contraportadas (por lo tanto, no me dejo influir por los sesudísimos comentarios de los expertos). Dejo que las historias me hablen por sí solas. 

II: Comparo estos dos volúmenes de relatos que están a disposición del público en la biblioteca del Instituto Cervantes de Praga. A ver qué sale. 

III. De inicio se me ocurre expresar algo que considero esencial: la cercanía de algunas de las manías que Ampuero necesita extirparse con las mías propias. Buen comienzo: adora, se regodea contando historias sobre seres desfavorecidos, desviados, locos, inmigrantes, niñas pobres y gordas, prietas, de ese negro percudido propio de nuestras tierras, de ese negro-estigma que nos perseguirá -creo- por siempre, por lo menos mientras siga imperando el supremacismo caucásico. 

IV. Estas reseñas, ya se sabe, están deshilachadas, y son veleidosas. Procedo ahora a resaltar los cuentos que más me han complacido. De Pelea de gallos, "Subasta" y "Pasión"; de Sacrificios humanos: "Biografía" y "Hermanita".

V. Por otro lado, no deja de hacerme ruido -no sé si sea un defecto o un acierto (más lo primero que lo segundo, para qué voy a mentir)-, el hecho de que la autora parezca afanarse, parezca quedarse nomás allí en varios de los relatos. ¿En qué? En la recreación de un género que fue inaugurado por Teofrasto entre los siglos III y IV anteriores al advenimiento del Ungido; es decir, la descripción de los caracteres humanos. Y no estaría mal que recurriera a ese elemento en sus historias, no estaría mal explorar, explotar un caracter (un carácter), una conducta, siempre que fuera acompañado de una estructura narrativa sólida, rica, de interés, contenido por ella, y no, como me parece que la autora procede en varias de sus historias, dejando que "su historia" sea ese único elemento. Es por ese casarse con el recurso mencionado, que, por ejemplo, "Cloro" y "Otra", de Pelea de gallos, más que cuentos son meras "estampas", viñetas de caracteres a la manera del griego (en "Cloro", la mujer madura -blanca y extranjera-, solterona y agria a la que se le hace agua la vulva con la presencia del mesero o los limpiadores de la alberca -nativos y prietos-; en "Otra", la mujer que se ha casado con un idiota y que se da cuenta de ello en el momento de ver, por nonagésima ocasión, el carrito de la compra, el cual contiene artículos que sólo a él le complace consumir). Pero cuentos para mí no son. Más parecen envíos de última hora al editor que ve flaco el volumen y, en consecuencia, acepta cualquier cosa medianamente acabada. Que juzgue cada quien. "Lorena", por ejemplo, de Sacrificios humanos, parecería que sigue el mismo patrón y, con todo, resulta más interesante, la historia es más rica, la de una mujer (¿peruana?) que se casa con un gringo anglosajón. Primero la relación se cimenta maravillosamente en el sexo, pero con el paso del tiempo la relación deriva en una relación de violencia, de violación, de alcoholismo, de miedo. La situación se precipita a un estado tal de desesperación que la protagonista se decide a resolver las cosas de una manera radical.

VI. Estos tres cuentos que he comentado muy someramente me hacen recordar un elemento que me ha resultado un tanto incómodo -a mí, machín-generación X, nacido en tierra de machos y machas, y creo que más que misógino, que sí, misántropo- durante la lectura de estos volúmenes; a saber, esa bandera, esa defensa, no sé si escribir denodada, del feminismo, o si no ¿de qué? que parece querer enarbolar la autora en casi todo momento, si bien es cierto que hay también en los relatos, como ya mencioné al inicio de esta reseña, otras líneas argumentales, otros reclamos, igualmente válidos y, para mí, más digeribles.  
  
VII. Uno de esos reclamos, por demás relevante, es el de exhibir, destapar, la ominosa brecha que se abre, como verdadera vena abierta en toda la América hispana, entre los poseedores y los desposeídos**. En este sentido, si bien el relato titulado "Coro" cuenta con eso que he venido llamando el retrato de caracteres, también éste, al igual que "Lorena", lo juzgo un cuento en toda regla. El desarrollo de la historia se da mejor aquí, se van tejiendo con más paciencia los hilos que llevarán al desenlace, quizá sólo erra un poco, a mi juicio, en el título. Bien hubiera podido llamarse "Verónica" (¿la verdadera protagonista de la historia?), "La sirvienta" o algo parecido, que es, a fin de cuentas, un aspecto al que apunta con frecuencia Ampuero en sus historias. Le interesa mucho, creo, atacar ("visibilizar", se diría hoy, aunque visibilizársela ¿a quién? ¿A un hipotético lector noruego que desconozca el tema? Todos en América -América toda- y España sabemos de ella. En ese caso, querrá Ampuero "poner el tema en la palestra", en el foro de discusión) la injusticia que acompaña a la realización del trabajo de limpiadora en su país y muchos otros donde esa labor existe y en la que se desempeñan cientos de miles de mujeres. También en relatos como "Ali" aparece el personaje de la limpiadora o mujer de la limpieza,  aquí en forma de narrador-testigo, una especie de coro a la manera del drama griego, vertido en un "nosotras" que va contando como tema central el hundimiento psicológico de su "patrona", enmarcado por la propia situación de carencia y desprotección inherente a ese trabajo. En Sacrificios... también aparece ("Pietá") la sirvienta-nana que nos va contando en primera persona la forma de ser y proceder del niño de una familia acomodada que ya se ha hecho mayor. La nana se siente orgullosa por lo que ha podido contribuir en la formación del muchacho. Por momentos parece que la nana se atribuye más logros de los que en realidad han sido en lo que al carácter del joven se refiere, pero su orgullo no se queda sólo allí. El culmen de su involucramiento con el niño rico se produce cuando ella se vuelve cómplice en el asesinato de la pareja sentimental del junior, que al parecer ha cometido el crimen llevado por su rebasado amor propio o un simple ataque de cólera.

VIII. Otro reclamo medular, u obsesión ampueriana, es sin duda el retrato de bichos raros, de seres torcidos (el relato final de Sacrificios... se llama "Freaks", pero es el menos convincente de sus relatos en ese sentido. Yo lo designaría también a éste como una ocurrencia de última hora de Ampuero, una pesadilla, sabrá dios, notas sueltas a las que se les da cierta forma y se entrega para rellenar el libro) y no dudo al afirmar que en esta categoría de relatos se encuentran los mejores escritos de la autora en el conjunto de los dos libros de cuentos. "Crías", "Biografía", "Hermanita" o "Sanguijuelas" son muestras de una literatura que conjuga lo bizarro (recalco: no lo tenebroso en el sentido de lo inexistente, como me parece que procede Mariana Enríquez, por ejemplo) y lo real, el miedo que suscita todo eso en nosotros, pero que también se esfuerza por evidenciar una sociedad fallida, podrida, sin remedio. Ya sea el hermano raro de las gemelas, amigas de la protagonista en "Crías", el bipolar que contrata a la protagonista del cuento para que le escriba su historia en "Biografía", o bien el caso de Lucía, la hermanita ¿muerta? ¿desmembrada? de Mariela, a su vez presa de alguna suerte de exorcismo en "Hermanita", o Julito, "el señor de las sanguijuelas", niño mimado por su madre, pero víctima de bullying por los niños de su entorno, siempre hay algo que provoca temblor, asco, morbo, deleite diría yo, en el lector. Se trata de historias bien tramadas (destaco de nuevo "Biografía" y "Hermanita") donde todos los elementos, intereses (reclamos, los he denominado aquí) expuestos aquí y allá por Ampuero en ambos volúmenes convergen y explotan, aportando todo el potencial de que la autora es capaz. Las escenas finales de estos dos últimos relatos son de una destacable factura: uno se muere de miedo en "Biografía" y se encuentra también asido al oso de peluche como la protagonista ante el momento en que se produce la metamorfosis, la transfiguración final de Alberto, el antagonista, y todo vuelve a la normalidad. Es entonces cuando uno vuelve a tocar el suelo y se llena de rabia ante seres inmundos como ése, seres putrefactos capaces de asesinar mujeres, mujeres inmigrantes, de truncarles sus vidas y destrozarles sus sueños. No se queda atrás "Hermanita" donde el relato culmina con una escena escalofriante, esta sí construida con elementos propios de las películas de terror, donde la niña zombie, la niña tonta y buleada por la niña dominante, parece cobrarse todas las cuentas, y de paso nos muestra los rincones más oscuros de una familia que con toda probabilidad vive en la ignominia y la marginación.     

IX. Una última inquietud de Ampuero, una obsesión en apariencia tangencial, es para mí de singular relevancia, dada mi formación profesional. Expresemos dicha inquietud empleando la metáfora del artista, del pintor que, bajo la inspiración de modelos clásicos, se recrea ensayando variaciones, en concreto de tema bíblico, más cercanas a nuestra época y sensibilidad. Tal es el caso de "Pasión" en Pelea..., donde Ampuero nos delinea, a la manera de Caravaggio, una María Magdalena absolutamente mundana, mujer de mala fama, también más hechicera que femme fatale, como la han representado otras variaciones contemporáneas. En este relato me deleito con la idea, originalísima creo yo, hasta donde conozco la tradición, de despojar al futuro Ungido, seguido y adorado por todos, de todo don y poder. Resulta sorprendente, y hasta gracioso, percatarnos de que los grandes milagros de Jesús son, en realidad, obra de la hierbas y las piedras mágicas que María Magdalena cultivó y cuidó desde niña. El así denominado Mesías, ensoberbecido, parece no darse cuenta de esta verdad, sino hasta que María Magdalena decide introducirse en el sepulcro de su amante y señor para reanimarlo. La escena final es una sentencia de la visión que la autora tiene de las relaciones de pareja, de los roles de género, la vanidad... María Magdalena, despojada de la piedra mágica, moribunda, ve cómo se ilumina el hueco del sepulcro cuando el Señor, todo poderoso, con la piedra atada al cuello, sale de la tumba -lo imagino gozoso y mamón al Jesús ése- "al encuentro de sus fanáticos que gritaban, se tiraban a la arena de rodillas, se cubrían los rostros con las manos... Y no volvió la vista atrás".

Inmediatamente detrás de "Pasión" viene "Luto", un relato cuya inspiración queda develada de inmediato al conocer los nombres de las protagonistas, Marta y María. Aquí, de nueva cuenta, la variación, ácida, contundente, sobre el tema neotestamentario resulta brillante, muy bien llevada al molino de la autora, cuantimás tratándose de la Biblia, acaso el mayor semillero de violencia, discriminación y machismo en toda la historia de la literatura universal. El hermano acaba de morir y las hermanas festejan con tremendo banquete. La explicación a eso se va desarrollando con solvencia, pero sin prisas. Marta era tenida por el hermano como la hermana ejemplar y María como la incorregible, la sensorial; es decir, la puta, y por ello digna del mayor desprecio y la mayor violencia. El verdugo que había de llevar a cabo la expiación no habría de ser otro que el hermano, solapado por la servidumbre y el pueblo entero. Pero la historia da un giro cuando el hermano, sensorial él mismo (pero él sí podía serlo, en él estaba bien), cae enfermo víctima de algún mal adquirido en otras tierras ("que se había traído de alguna mujer del desierto, pensaba María..."). Es el momento en que aparece en la historia, cual Deus ex machina, el hombre santo, famoso en toda la región y amigo de la familia de tres hermanos. Ya con anterioridad se había enterado el Amigo del maltrato que sufría María, aquella que le había secado los pies con sus propios cabellos, y del estado tan lamentable en el que se hallaba. El hombre santo sufrió al ver así a María, pero ni con toda su santidad y gloria se atrevió a contravenir las disposiciones del hermano. Su poder no podía manifestarse en nimiedades, tenía que dejarse ver en todo su esplendor, sin embargo, ante la tumba del hermano al que se hace conducir al cuarto día de la defunción. Después... "Esa noche, mientras Marta y María cenaban cordero, un golpe en la puerta las sobresaltó. Debe ser el viento... y vieron que la puerta cedía a la presión de una mano... Primero entraron las moscas y enseguida el hermano muerto, rodeado de un olor nauseabundo. Abría y cerraba la boca, como llamándolas por sus nombres, pero ningún sonido, nada más gusanos, salían de su boca desdentada".   

En Sacrificios... Ampuero vuelve a jugar, con menor fortuna creo yo, y quizá imbuida otra vez, como en el caso de "Luto", por los poemas de análogo tema de Anna Ajmatova, con un pasaje bíblico. En la variación ampueriana encontramos a Edith -nombre de origen incierto, ausente del Génesis- disfrutando del sexo con un hombre al que parece estar atada por la pura pasión, la pasión desbordada, la carne, que es una -muy probablemente la única- de las formas más tangibles del amor. La escena me recordó a aquella famosa película mexicana, La tarea, donde toda la historia se desarrolla en la cama y entre cuatro paredes. No obstante, la secuencia da un giro completo cuando conocemos la historia de Edith, de sus hijas, de su marido que viola a sus propias hijas, y de su propia impotencia y resignación ante tal aberración. En última instancia, Ampuero no hace sino ofrecer una explicación, una respuesta (cada época reinterpreta el mito de acuerdo a sus propias necesidades y vacíos), a la pregunta que muchos llevan haciéndose por siglos: ¿Por qué volvió Edith, golpeada y maniatada, llevada como un bulto sobre la mula, el rostro hacia Sodoma y Gomorra cuando se le advirtió que no lo hiciera, y de hacerlo tendría que atenerse a las consecuencias?
  
X. Se me queda en el tintero: Ampuero se propone, a lo largo de veinticinco cuentos, contar sus historias desde todas las perspectivas posibles. La focalización va desde la primera persona del singular, la primera del plural ("Las elegidas" o el mencionado "Ali"), la tercera (el narrador-testigo, y cómplice como en "Pietá"), o el diálogo (como en "Sacrificios", quizá el menos logrado de sus relatos), hasta el relato ágil a base de infinitivos en detrimento de las formas verbales conjugadas ("Freaks"), o la segunda persona del singular ("Otra"). 

XI. En suma, no se trata de decantarse por uno u otro de los títulos. Por lo menos, yo no quiero hacerlo. He leído todos los cuentos dos o hasta tres veces, y ahora me gusta pensarlos como un todo, casi como si Pelea de gallos hubiera sido la primera parte de una magna obra y Sacrificios humanos la segunda. En el camino se encuentran picos altos, pero también hay muchas líneas, relatos completos, que bien podrían no haber pasado el filtro final. Ampuero intenta extirparse los demonios, pega de alaridos, se hace oír, quién sabe hasta dónde haya llegado el eco de esos gritos. Tampoco sé qué ha escrito Ampuero después de estas dos producciones. Me interesaría saber si en sus invenciones posteriores hay nuevas líneas argumentales, nuevos escenarios, nuevas ideas o si, por el contrario, se ha quedado atrapada en los tópicos ya sancionados en estas dos obras de cuentos.  

Apéndice: Un breve comentario a "Subasta", de Pelea... Tema central: el secuestro de personas. Substrato: el machismo (el padre era gallero) que lacera desde muy pequeña a una de las mujeres secuestradas, la protagonista. Resolución: gracias a una estratagema que ya le servía durante la infancia, la protagonista sale bien librada y no es vendida a ninguno de los compradores en la subasta de personas secuestradas. Comentario: la idea es audaz, el desarrollo del cuento, si bien un tanto ajustado, es adecuado. El problema que tengo con el cuento es la resolución, la cual me parece inverosímil. La protagonista, lo mismo que durante la infancia, recurrió al relajamiento de sus esfínteres, a fin de producir repulsión, lo mismo que a los galleros que la toqueteaban en la niñez, a los secuestradores y a los compradores ricos, traficantes de personas. La protagonista nos dice que, toda cagada y meada, la dejaron tirada en alguna carretera. Mi punto es que un secuestrador real le hubiera pegado un tiro y sanseacabó. 
    

**La dicotomía "poseedor-desposeído" queda más claramente establecido en Sacrificios... con "Creyentes", que relata un caso de pederastia. Los "creyentes" son hombres pertenecientes a los testigos de Jehova o a alguno de esos grupos del demonio. Paralelo al relato va corriendo también una historia que refleja la problemática social, real o "ficcionalizada", que sirve de marco al suceso abominable que la niña narradora cuenta. Dentro de esa problemática social (que desemboca en una insurrección, un alboroto, una guerra civil...) es visible una de las obsesiones centrales de la autora que mencioné al principio: la ahora llamada (por lo menos en México) "polarización" de la sociedad, la rebelión de los desamparados, los negros, los feos... y la angustia de la clase alta que se ve afectada en sus privilegios. En "Invasiones" se aprecia una faceta más de la misma problemática. En esta historia el lector va siguiendo el gradual deterioro del barrio donde vive la familia de la protagonista, producto de la llegada de los "invasores" (que podrían ser los "aviadores", los inmigrantes, los de los pueblos o comunidades indígenas, habría tanto de donde escoger), hasta su degeneración y corrupción final. 

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