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Círculo de lectura virtual: "El balcón", "Mi primer concierto" y "Nadie encendía las lámparas" de Felisberto Hernández

A falta de algo de peso, me limito a las obviedades. En los relatos de Felisberto Hernández acaso presenciemos la incorporación de una realidad de lo más simple dentro de un mundo, sino plenamente fantástico, sí al menos que explora el alma de las "cosas" o de las sensaciones, donde se les dota de vida, de un lenguaje. No parece importar -tal vez incurra en el primero de muchos errores en mis apreciaciones- el asunto de las historias o la escena en las que éstas tienen lugar, lo medular parece ubicarse en las "cosas diminutas" -en esto, como en otros aspectos, veo a un antecesor de Cortázar. Hernández aporta imágenes e ideas geniales, metáforas insospechadas, sinestesias riesgosas o como quiera decirse: "El silencio que se agranda en la gran tapa negra del piano", "al silencio le gustaba escuchar la música", "la gran sonrisa del gran piano, amarillenta, que parecía ingenua", "encender sonidos", "una melena ondulada, apoyada contra el muro, como una enredadera que crece dentro de una casa abandonada" o "El ruido de los cubiertos entretenía el silencio". Se trata aquí del juego con la cotidianidad.
Es para resaltar la presencia de "lo absurdo" en algunas situaciones, como la prolongada e inexplicable estancia del pianista en la casa de "El balcón" o el ambiente que se respira en "Nadie encendía las lámparas". Asímismo, ciertas líneas o parlamentos intrigan sobremanera, resultan inconexos, siempre remiten a un por qué que quizá carezca de respuesta o en la que se encuentre la clave que descifre el relato.
De índole menos fantástica que "El balcón" o el "El acomodador" -otra obra del mismo libro de cuentos-, "Mi primer...." y "Nadie encendía..." exploran la infinita gama de sensaciones e ideas que recorren, que chocan entre sí confundiéndose, el cuerpo y el alma humana en una situación determinada, y que al final sólo dejan en claro el gran nudo de nervios que constituye al hombre.

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