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Comentario a "La insoportable levedad del ser" de Milan Kundera

La insoportable levedad del ser puede parecer a primera vista sólo una novela de las relaciones humanas. Más exactamente, de las relaciones amorosas de los hombres. Y es que la compleja trama de amores, deseos, infidelidades y desengaños entre los personajes que el texto presenta resulta tan seductora que no es fácil percatarse de la enorme riqueza temática que se esconde tras este cuadro. (Delante de la mentira comprensible hay una verdad incomprensible, podemos decir con uno de los personajes.)

Lo dicho: no es éste el único tema, pero sí el más evidente dentro de la novela. El amor, sus motivaciones, sus derroteros, sus vaivenes, sus perversiones. El autor muestra una realidad sólo para algunos evidente: el amor no es en absoluto aquel sentimiento idílico y trascendente que otros intentan privilegiar. Es un tanto más complejo. Tal complejidad puede sintetizarse en una elección: el peso o la levedad; el amor o la sexualidad. Cada uno tiene la palabra. La novela es el relato de las distintas decisiones posibles. ¿Debe, o mejor, puede alguien pertenecer a otro una vez y para siempre? ¿Puede aquél otro permanecer sin ataduras, libre, encontrándose con nuevas experiencias cada vez?

En apariencia estos son los caminos que vislumbra Milan Kundera. Sin embargo, tengo la impresión que él descree de ambos. Sólo queda, parece decir, la confluencia continua e interminable entre una y otra orilla. Pero la propuesta es una solución a medias, nada satisfactoria. Si bien los personajes hacen su elección o creen hacerla, sea que se ubiquen en un sitio o en el otro, o permanezcan a medio camino, no obtienen lo que buscan con ansia: la felicidad.

Podría afirmarse que dentro de la novela es allí donde se encuentra el gran dilema del hombre. Pero yo diría que este dilema, el de las relaciones de pareja, el del amor, es sólo una de varias manifestaciones de un dilema oculto, mucho mayor. Las reflexiones en torno a este dilema, el dilema del hombre contemporáneo, y los factores que lo evidencian constituyen el tema, o mejor, los temas que, como decía, se esconden tras el cuadro descrito.

Dichas reflexiones cubren un radio muy amplio dentro de la esfera humana. Una de ellas es la relativa a la crisis que se vive en el arte. Kundera bosqueja esta crisis enfocando el problema no en el arte mismo sino en su finalidad, o al menos una de ellas: la belleza. La belleza es, afirma uno de los personajes, actualmente una belleza que, antes de que desaparezca por completo del mundo, existe sólo “como error”. Sin duda la afirmación se refiere a la crisis del arte, a la pobreza o a la ausencia de argumentos en la apreciación y admiración del arte, y en su consecuente sustitución por un "arte vacuo", perceptible en una gama de corrientes que son producto del embelesamiento de la actualidad y cuyo objetivo no es otro sino la absurda insistencia en “eliminar las restricciones” que, a su juicio, impone todo arte “convencional”. Pero la “belleza como error” también se refiere a la incapacidad absoluta del hombre contemporáneo para asombrarse ante otros prodigios de la naturaleza. Kundera parece afirmar que esto es así indefectiblemente, pero antes de llegar a ese punto, el de la oscuridad total, habrá de permanecer aún por un tiempo una tenue luz.

Otra de las meditaciones se relaciona con las esferas pública y privada en las que el hombre debe desenvolverse. “Vivir en la verdad”; la frase se incluye en el diccionario de palabras incomprendidas, pero ¿cuál es su significado? La expresión puede entenderse de dos formas, nos dice Kundera. La primera, bastante noble, va encaminada a la valoración de la intimidad del hombre. Lo único que nos queda en un mundo “público” es salvaguardar la intimidad. Sólo así seremos nosotros mismos, pues una vez que sabemos que alguien nos observa ya nada es auténtico. (Tener público, pensar en el público, eso es vivir en la mentira).

La segunda forma es síntoma de la posmodernidad: raya en el cinismo. Significa que ya nada está oculto, todo está a la vista. El hombre ha perdido el pudor. Parece esto una de las manifestaciones de lo que Gilles Lipovetski denomina el “proceso de la personalización”; es decir, el culto a la persona, en donde lo importante es que todos pueden ser sujetos capaces de expresión, sin importar ya en absoluto la comunicación que se pueda establecer con los demás.

Una novela no es una confesión del autor, sino una investigación sobre lo que es la vida humana dentro de la trampa en que se ha convertido el mundo, afirma Kundera en otro lugar de la obra. En consecuencia con estas líneas es obvio que La insoportable levedad del ser es una novela de nuestros tiempo. Lo es por su contenido, pero también por su estructura. La novela no es más la expresión de los sentimientos o de la razón del escritor, de su vida, sino es la expresión de sus posibilidades incumplidas; la novela significa traspasar los límites, acción que no se puede producir en la propia vida del narrador, pero que sin embargo él vislumbra y padece. (… cada uno de ellos [los personajes] ha atravesado una frontera por cuyas proximidades no hice más que pasar. Es precisamente esa frontera –la frontera tras la cual termina mi yo-, la que me atrae. Es más allá de ella donde empieza el secreto por el que se interroga la novela.) En cuanto a la forma, y en consonancia con lo anterior, la novela presenta rasgos destacables. La participación activa del narrador en el relato. El narrador no es un sujeto omnisciente y omnisapiente, alejado de la realidad de sus personajes; por el contrario, los elementos de oralidad, las modalizaciones (me parece, creo, juzgo, etc.…) dan testimonio de un ser que participa activamente de la narración.

Hacia el final de la novela se producen meditaciones de un cariz distinto a las anteriores. Éstas se proponen cuestionar, poner en la balanza situaciones que se observan “al exterior” del ser humano: la comunicación con otros seres humanos, sus juicios y su capacidad de apreciación del arte, etc. Sin embargo, en las últimas reflexiones Kundera se plantea exponer la crisis existente en las creencias más profundas del hombre, “en su interior”: su supuesto papel preponderante dentro de la naturaleza, su escala de valores y Dios.

La existencia ha perdido sus dimensiones, nos dice Kundera; su levedad es completa. Cuando lo más alto y sublime desciende y se mezcla con lo más ínfimo el hombre se encuentra en un vacío que hace que la cabeza le dé vueltas y se sienta atraído por la caída. El vértigo y la caída del hombre son producto de su condición humana, de su carrera en línea recta hacia lo desconocido. De ese modo el hombre no mantiene un nexo con el resto de los seres del planeta, pues la vida de éstos se mueve en círculo entre cosas conocidas. Su uniformidad no [es] un aburrimiento, sino un motivo de felicidad.

La condición del hombre es completamente ajena a la condición de la naturaleza. El hilo que los unía se ha roto. Lapidariamente Kundera parece concluir: y en su vuelo por el vacío del tiempo ya nada podrá detenerlo ni consolarlo.

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