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TRES ATAÚDES BLANCOS, Antonio Ungar, 2010, Anagrama, 284 pp.

Recién termino TRES ATAÚDES BLANCOS justo una semana después de haber comenzado su lectura. La dilación hay que atribuirla en primer lugar a mi pereza, pero la verdad es que la novela durante extensos tramos provoca un cierto sopor del que es difícil salir, donde el protagonista (y al final la co-protagonista le hace segunda) se suelta a describir pormenorizadamente la rutina en la que vive, una rutina que además de eso -la descripción de una rutina- funge como una especie de periodo de relajación entre los tormentosos acontecimientos en que se ve envuelto el personaje.

Viene muy a cuento la lectura de TRES... teniendo en cuenta los sucesos que vienen acaeciendo a últimas fechas con mayor violencia en algunas repúblicas latinoamericanas, pero no porque la novela nos ponga en alerta o nos recuerde la clase de sociedad en la que vivimos día a día (unas más peligrosas que otras). Eso no es necesario, lo sabemos de sobra (al menos creo que lo sabe el público potencial para el que está pensada la novela). Más bien, el tema que se me antoja más oportuno es el de la "pertinencia" de un tipo de literatura que se encargue de contar esas "nuevas" realidades (o aquellas que se han agudizado últimamente). ¿Es conveniente tener una "literatura de narcos", una donde se denuncien los lazos obvios aunque nunca del todo claros entre el poder político y el poder de la droga, una donde lo que se cuele de la narración sea un profundo anhelo de que todo vaya por mejor camino, un camino que nos lleve a todos a vivir finalmente en una sociedad más justa, una sociedad digna? Visto así, claro, ¿quién negaría el impulso, la creación de una narrativa de tal naturaleza? Pero desde ya opongo mis reparos: ¿acaso no se corre el riesgo -como siempre- de caer en el mero "folclor", en la mera exhibición de una realidad latinoamericana a ojos de otras realidades (piénsese en todo el último Carlos Fuentes)? Estamos ante una aporía. En cualquier caso, me parece inútil: o bien como literatura de choque, de propaganda, a fin de ayudar a "mejorar" o bien como crítica y denuncia de una terrible verdad insoluble que termina convirtiéndose en pieza de museo. Dejemos eso.

Subrayo tres elementos sobre los cuales se sustenta la novela: el género mismo en el que está escrita, al modo del suspense, el argumento (bizarro, como se denomina en la contraportada del volumen) y el personaje mismo. Poco acostumbrado a la lectura de novelas policíacas y de intriga, TRES... resulta interesante por el argumento: un tipo cualquiera, un inadaptado social para ser más exactos, se presta al juego de la suplantación de la identidad de un connotado personaje que acaba de ser asesinado y con quien guarda una asombrosa similitud fisonómica. Eso y el carácter del personaje, su humor, bien valen la pena de acometer la lectura.

El problema que se me presenta es la compaginación de dicho humor, de lo grotesco de la situación del personaje (cuando por ejemplo tiene que fingir en el hospital debajo de unas vendas que encubren heridas falsas y una máscara de oxígeno desconectada una recuperación luego del atentado que sufrió el personaje cuya identidad suplanta), de su inanidad (es un bueno para nada a ojos de sus padres) con la crueldad de la realidad retratada, con el "llamado" que de buenas a primeras siente el personaje por redimir a su patria luego de pasarse la vida recluído en su cuarto sin hacer nada. En descargo de lo anterior, encuentro de un humor muy bien logrado -aunque inverosímil- la presentación del protagnista como un tipo con más suerte que astucia, la antinomia del protagonista tradicional de los thrillers: duro, ingenioso y acostumbrado al peligro, y que con todo logra -con su abundante masa corporal- escabullírsele a los malvados en varias ocasiones y llega a poner en "serio" peligro sus planes. En otras palabras, a mí no me cuadra el humor con el dolor que llega a sentir, no porque no sea posible ir de un polo al otro, sino porque me parece que el segundo elemento no está del todo desarrollado.

Terminemos hablando de "polifonía", acerca de lo cual no sé nada y de lo que según algunas voces está constituida la novela. Quizá por lo primero no veo el texto polifónico por ningún lado. Está muy claro que al autor le interesan dos cosas: retratar, criticar, mofarse, denunciar la realidad de la República de Miranda (que, aunque lo más probable es que se trate de la patria del autor -están intercalados nombres "reales", Bogotá, con ficticios, Santa María -¿alguna relación con Onetti?-, bien podría ser México o alguna otra), su historia de corrupción y despojo. Segundo: el modo de narrar, muy cercano al cinematográfico, al de las series de tv. El lenguaje y las escenas del cine son abundantes (el personaje se siente dentro del rodaje de su propia vida); el final mismo en el que la amada acude a una playa de Miranda convocada por un misterioso telegrama que podría ser de su marido (aunque ella sabe que ha sido ejecutado) trae a la mente infinidad de escenas del cine -hollywoodense. (Se me hubiera resbalado el libro de las manos y lanzado por la ventana si el final hubiese terminado con un reencuentro entre los amantes bajo el resplandor del sol sobre la arena mientras el niño, fruto de ambos, juguetea con las olas, final que -creo- no descarta del todo el autor.).
Es verdad, por otro lado, que se explora el asunto de la suplantación y que es un tema interesante. El protagonista se acerca tanto al personaje imitado que no sólo todos, sino hasta él mismo cree que es el otro. Es por ello que al final no puede ya desasirse de su destino, pues ha tomado por completo la identidad del hipotético redentor de la patria (una burla incluída hacia todos los que se ponen estos ropajes en nuestras desvencijadas repúblicas) y por lo tanto debe ser aniquilado para salvaguardar los intereses establecidos. Si el poder te identifica, si te "denomina", ya no hay escapatoria posible.
Ungar juega con la figura del narrador. Sabemos, obvio, que narrador y protagonista son el mismo, pero en cambio no sabemos sino hasta avanzados dos tercios de la novela desde dónde escribe el personaje. Juega al decir que su aventura ha terminado y que justo esas palabras que escribe son las últimas que tecleará, pero ¿y el resto? El fluir de la escritura no termina, aunque así lo quiera el escritor, pues en cuanto termina, la novela misma termina, y esto no sucede. La narración continúa e incluso el personaje mismo relata desde su perspectiva el momento de su secuestro. ¿Entenderlo como juego? ¿Como añadidos posteriores al manuscrito, obra de su mujer?

Más allá de eso, parece que Ungar, similar a lo que hizo su insigne compatriota con la connotada novela macondiana, no sabe dónde concluir su relato. Bien hubiera podido ahorrarse alguns páginas de esta novela que es mucho un grito de dolor por un país enlodado por los hombres, hermoso por su naturaleza, y que nunca va a cambiar.

P.S: No es una novela deleznable, pero en serio ¿no había nada mejor en seiscientas y pico que fueron enviadas al concurso de Anagrama? Me parece en verdad grave.

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