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Onirógrafo- 23.05.09

Era el mío un esfuerzo sobrehumano y, a pesar todo, no conseguía quitarme el gigantesco velo de sombra que se cernía lentamente sobre mí. Podría jurar que la distancia entre el primer estruendoso choque de concreto y mis piernas que no cesaban de moverse fue de apenas unos cuantos pasos. Para cuando la mole de hormigón quedó sofocada bajo su propia nube de polvo y lanzado a diestra y siniestra infinidad de cristales como bomba de fragmentación yo me encontraba milagrosamente a salvo y contemplando el espectáculo con un profundo aire de suficiencia y un sentimiento de hondísima felicidad. El nubarrón permaneció encostrado por algún tiempo a mitad de la avenida y no contento con ello continuó engullendo el paisaje en derredor. Pero ¿por qué hablo de tiempo? Yo no tenía idea alguna de tiempo. El tiempo no existía. No veía a nadie en las cercanías salvo a un individuo que factiblemente había corrido con la misma suerte. Ahora medianamente llego a entender aquello que dicen sobre la parálisis que se experimenta después de una conmoción intensa, durante la que, a semejanza del descalabro, percibo una sustancia insípida e inodora, insustancial realmente, incorpórea, más cercana al estado gaseoso, a un aroma que se desprende del cerebro e invade el paladar, el interior de las fosas nasales y la cabeza en toda su extensión; en suma, una posible manifestación de dolor que la masa encefálica llega a sentir en situaciones como ésta.
Entre imágenes nebulosas creo verme volver a mi casa. Al entrar por la puerta del condominio no me percaté de nada fuera de lo normal. Imprudentemente subí hasta mi piso por el ascensor. Estaba claro que mi aturdimiento no había cesado. Ni siquiera recordaba si el temblor había ocasionado desastres en otras calles fuera del que yo mismo había presenciado. Sin embargo, una vez hube cruzado el umbral de mi departamento las resquebrajaduras en las paredes y en el suelo evidenciaban el primer embate sísmico. Como si la casa hubiera aprovechado para deshacerse de algunos enojosos vejestorios, los paisajes anodinos enmarcados con relieves y molduras imitación oro, que algunos parientes nos habían obsequiado generosamente so pretexto de adornar nuestro hogar mientras nos hacíamos con nuestras propias pertenencias, yacían en el suelo. En ese momento sentimos una fuerte sacudida. Sin mucho nerviosismo nos precipitamos hacia las escaleras de servicio. Teníamos (o al menos la tenía yo) la certeza de que el derrumbe nos acechaba dos o tres pisos arriba. De un salto nos ahorrábamos tres o hasta cuatro escalones. Incluso mi mujer mostraba una inusitada intrepidez. Salimos por la puerta principal y alcanzamos la acera opuesta a una distancia conveniente de nuestro edificio. Al volver la mirada la construcción había sucumbido. Más que el siniestro en sí mismo, nos maravillaba la rapidez del derrumbamiento, como si éste se hubiera producido aún con nosotros en su interior. Al poco rato sólo hablábamos de lo importante que había sido salvar la vida. Era lo único. Qué más daban los objetos. Me recorría el cuerpo una interminable sensación de poder, de invencibilidad. Si bien lo pensaba había podido mantenerme con vida en dos ocasiones y en un periodo muy corto de tiempo. Con aquella se mezclaba una de malicioso placer al considerar que otros seguramente no lo habían conseguido y en ese momento estarían bajo los escombros. Era una feliz permanencia la mía. Ellos se habían ido, sin duda era motivo de tristeza, pero el hecho de que yo aún me quedara opacaba cualquier otra emoción.

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