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Mundiales

Estaba a punto de decir que la música vernácula de cualquier país me resulta completamente indiferente, que se me puede contar entre los casos con padecimiento de amusia, donde el transtorno pasa más por la incapacidad de reconocer melodías, aprenderse nombres y letras, y en definitiva de disfrutar de todo eso, pero justo ahora me viene el recuerdo de mi padre, a quien le gustaba cantar Mi árbol y yo de Alberto Cortez. Yo apenas era un chamaco de ocho o nueve años. Cuando me decido a hacerlo, aún logro verlo joven en su sillón o al pie de su cama, en calzoncillos, ubicando el atril plegable frente a los ojos, ajustando la guitarra sobre la incipiente barriga, rasgando algunos compaces a manera de breve ensayo, y finalmente arrancarse. En el repertorio -que no era muy amplio- nunca faltaban La niña de Guatemala, El oso carpintero, Deja de llorar, chiquilla y, claro, Mi árbol. Su voz generaba burlas entre los miembros de su familia o entre algún pariente o amigo -arrimado en cualquier caso- que estuviera por tiempo indefinido en la casa. Sin inmutarse, mi padre llegaba entonado al Árbol y yo y, al cantar aquella línea mi árbol brotó, mi infancia pasó..., la ejecución a mi entender se volvía digna por la emoción; era tal el sentimiento que mi padre le imprimía al estribillo que yo muchas veces sentía que una estela fría recorría mi cuerpo y me cimbraba, dejándome como desamparado y pronto a soltar la lágrima. Otra de sus aficiones era el futbol. A diferencia de la música, le heredé enteramente el gusto por las patadas. 

Entre nubarrones recuerdo llegar una tarde con prisa a la casa silenciosa, harto de
los cursos de regularización y los exámenes extraordinarios con que en la secundaria me martirizaban y a mi padre desfalcaban al término del año escolar. Mi abuela estaría encerrada en el cuarto de lavado, la habré saludado de pasada y luego me habré dirigido a mi cueva. Estaba desesperado. No quería perderme ni la salida de los equipos al terreno de juego con el himno de FIFA de fondo. En la ronda de grupos habíamos pasado las de Caín, pero el gol de Marcelino Bernal contra Italia nos había hecho pasar como primeros de grupo. Sufrí al ver el imponente gol de Stoichkov en los instantes iniciales del encuentro, un riflazo soberbio que merecía todo nuestro aplauso. El penalti inexistente que minutos después cobró García Aspe con la zurda fue un renacer. Después, durante el resto del partido -que me pareció una eternidad- me destrocé uñas y piel de ambos pulgares. Detrás de la línea de banda, Hugo Sánchez se quedó con las ganas de entrar, para alivio de todos los búlgaros que, al decir del propio Hristo, temblaban al ver que entraría el Pentapichichi. Un archisabido drama nacional. Los penaltis no eran una opción para nosotros. Había razón en ello. García Aspe, quien nos había dado esperanzas en el encuentro, ahora nos despojaba de ellas. Campos atajó el disparo del búlgaro, pero dos más de nuestros patizambos terminaron por sepultarnos en el estadio de los Gigantes de Nueva York.

Supogo que mi padre siempre tuvo la ilusión de que yo fuera abogado como él. Nunca externó en mi presencia su deseo, aunque sí opuso ciertas reservas ante mi decisión de estudiar letras. Finalmente puedo decir que me apoyó. El día del examen de admisión a la universidad me llevó hasta el lugar donde se habría de realizar la prueba. Estaban contempladas tres horas y media; a pesar de ello, él me dijo que me esperaría. Yo estaba nervioso, pero no tanto por el examen que definiría mi futuro profesional, sino porque ese día jugábamos contra Alemania por los octavos de final en Montpellier. Cometí el error de enfocarme primero en los reactivos de historia, literatura y arte, pues para la hora en que intentaba completar los ejercicios de geometría, álgebra y física elemental, a lo lejos comenzó a llegarme el zumbido de un radio que alguien -el portero del edificio, tal vez- tenía listo para seguir las incidencias del primer tiempo. Fue una tortura. 0-0. Cuando salí, el carro de mi padre no estaba, así que agarré un taxi y me fui directo a su casa, donde sabía que una gran comitiva estaría frente a la pantalla gigante de la sala. La anotación del Matador Hernández nos hizo estallar de júbilo dentro del taxi, lo mismo que a varias casas del vecindario. Desde el patio se podía respirar la algarabía total de la familia y de todos los colados. Después, por media hora esa algarabía se fue diluyendo primero en el nervio, luego en la desesperación cuando Hernández tuvo el segundo después de una carrera meteórica del Cabrito Arellano, y finalmente quedó sumida en un silencio sofocante a quince minutos del final, cuando Klinsmann y Bierhoff aprovecharon dos pifias de nuestra defensa que nos mandaron directo a casa. Recuerdo aquello como la tragedia de Montpellier y aún concibo el proyecto de cercenarle las extremidades a Raúl Rodrigo Lara.

Aquel año me reconcilié por completo con los estudios universitarios. La huelga estudiantil nos había condenado por quince meses a la vagancia, la frustración y la desesperanza. Intenté salir del país pero algo parecía tenerme anclado en ese lugar. De alguna forma recobré las ganas de estudiar y concluir la carrera. Sólo que no tenía casa. La vida con mi padre no había ido bien, otra vez, y otra vez por las mismas causas: su mujer, los hijos de ésta y esa su forma de vivir y de conducirse tan ajenas a mí. Terminé instalándome en casa de una tía, quien con amabilidad me abrió las puertas y me dejó quedarme literalmente en un rincón del comedor sobre un desvencijado studio couch. Aquel día le pedí permiso a la familia para ver el partido. Todos tenían que trabajar o ir a la escuela al día siguiente, así que me pidieron que por la mañana les comunicara el marcador y me dieron las buenas noches. Yo todavía esperé un buen rato. A las tres y media de la madrugada en punto dio inicio lo que de alguna forma era para todos nosotros un resarcimiento, uno insignificante, sí, pero de conseguirlo, estaba seguro, nos daría a todos más felicidad y motivos para seguir adelante. Además habíamos hecho una primera ronda fulgurante. ¡Qué equivocados estábamos! Esa tarde en Jeonju nos pesaron los ciento cincuenta años de colonialismo yankee, y vendimos tan barata la derrota como les hemos vendido territorios, recursos y bienes. No dejo de llamar a aquel nefando día la desgracia de Jeonju.

Quizá haya sido el hartazgo acumulado por años, pero sobre todo fue un idilio irrepetible lo que me hizo salir de la patria de una manera que yo esperaba definitiva. Todo imprudencia, disfracé mi salida con la convicción de contagiarme de otros parajes y otras certezas, cuando en realidad a lo que iba era a cometer el sacrilegio de dilatar una pasión. Ante mi decisión, no escuché de mi padre objeción o reproche alguno; a cambio de eso, me extendió dos billetes de quinientos euros antes de subir al avión. En Leipzig, reencontrarme con la mujer idolatrada y el gol tempranero del capitán Márquez me generaron más dudas que esperanzas. Manejar marcadores nos es tan ajeno como la puntualidad o la circunspección. Nos empataron al minuto siguiente -con autogol de Borgetti-, un sablazo similar al que sentí cuando me fue presentado el rubio de uno ochenta y siete de la alemana. Durante los cien minutos que siguieron al empate desplegamos, al decir de los expertos deportivos, el mejor juego de nuestra historia. La propuesta ofensiva y esa educada forma de tocar el balón fue pulverizada en el alargue por el portento de Maxi Rodríguez, pero el mazazo en la cancha esa vez fue superado por el que estaba sufriendo al recorrer las calles del barrio berlinés de Pankow. Creo que aún no me recupero del todo de aquella calamidad en suelo teutón.  

El azar me trajo a un país del que lo único que sabía referir eran los nombres de las dos K's, Skuhravý (en realidad evocado en mi mente como Skuravi), Pavel Nedvěd, Kohler, Baroš y poco más. El climax de un amorío se hizo presente en una hospoda y coincidió con la victoria sobre los franceses, el momento más señalado de nuestra historia. Instalados de nueva cuenta en los octavos se trataba ante todo de evitar a los argentinos. Vencer a Uruguay a toda costa. Kateřina me obnubilaba la configuración del draw mundialista. Ante el gol del Chicharito, el abrazo fue todo catarsis, la mano acariciando la suave piel de los muslos, la mirada seria y tímida, aprobatoria, la conciencia de saber que todo está permitido, la oportunidad de llegar hasta donde nunca se ha llegado y tocar la gloria. En esa ocasión, otra vez, me precipité al anunciarme que había llegado a mi destino. Nuestra Némesis, personificada esta vez por Tévez e Higuaín, volvía a aparecer, esta vez en Johanesburgo, y de nuevo se desfondó la caja de Pandora, escupiéndome en la cara todos los fantasmas.

Mi vida a últimas fechas se ha vuelto seria pero aún es temerosa y desconfiada. Tengo mucho menos cabello que antes (una chica, al despedirnos en una noche de vinos y besos, me arrancó una cana tan larga que aún dudo que la haya podido extraer de mi cuero cabelludo). Hace algunos años que no veo a mi padre. Los soportes electrónicos lo han ablandado y por el email se deshace en expresiones de afecto que nunca le escuché. Por sms me pidió perdón por los errores y la negligencia cometidos. Con algo de irreflexión le devolví el mensaje diciendo que todo estaba olvidado. Y mientras escribo esto me doy cuenta de que el partido está por terminar. Dudo. Esto no puede estar pasando. El 1-0 de Dos Santos se marcó a la hora marcada, la de mal agüero, pero los tulipanes están fundidos por el calor inclemente de Fortaleza y no han tenido capacidad de reacción. Se ha jugado mal todo el segundo tiempo pero con el marcador a nuestro favor las recriminaciones sobran. Faltan cinco minutos. ¿Es que acaso esta vez...? Me juré que de ganar esta vez y acceder al quinto partido -el Dorado de toda una nación-, mi manda no sería hacer una peregrinación de rodillas a la Villa, sino contraer nupcias y dejarme ya de cuentos. Veo la luz... ¿será? Pero siento un tirón de orejas que me hace perder la vertical. La historia puede ser fulminante. En tres minutos, Robben, Sneijder y Klass-Jan Huntelaar desmoronan los endebles merecimientos que hemos reclamado siempre y siempre nos han negado. Acabo de renunciar a la familia... aspiro a una existencia disoluta.   

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