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Reseña: David Llorente, "El bufón".

En "El bufón" (2001) nunca están claros -ni deseable que lo estén- los límites entre lo real y lo imaginario. Mejor dicho, no los hay. Desde el inicio mismo, a la manera del drama, el autor nos sitúa dentro de la atmósfera que habrá de tener toda la novela, y esa atmósfera es fundamentalmente la que se gesta durante la pesadilla de un personaje: el bufón (¿cómo entender de otra manera la incongruencia, por ejemplo, entre la ausencia de campanas en la acotación inicial y sus toques a rebato durante la narración sino como una inversión, un desfase, producto de la pesadilla?).

¿Por qué el bufón? Dentro de la tradición literaria el bufón ha sido un personaje ambivalente; por un lado, provoca la risa, la risa morbosa, por su fisonomía contrahecha (tráigase a la mente, aunque sin ser aún un bufón strictu sensu, al Tersites de Homero), pero también por lo que es capaz de hacer, ya sean piruetas o burlas. De sus flechas nadie se escapa, ni siquiera los monarcas. Su influencia, no obstante, no queda ahí, sino que con frecuencia el bufón está dotado de ciertos privilegios que le confieren la capacidad de mostrarle al gobernante sus yerros e incluso su estupidez (como muestra, recuérdese el bufón -o "fool"- del rey Lear). En este sentido, es un ser investido de osadía, de astucia si no es que de sabiduría, y potencialmente de rebeldía. Goza de un invulnerabilidad temporal, peligrosa, que lo puede encumbrar a las más altas esferas o conducirlo a la desgracia. Está maldito. Por todo ello no sorprende que sea él el elegido por el autor para trastrocar el orden que impera en aquella oscura y fría comunidad de la novela, que sea él el que se vea al inicio de la misma invadido en sueños (y aún en la vigilia) por un enjambre de abejas que a la postre no serán sino el impulso que lo conduzca a través de todo ese tortuoso camino hasta la "tierra prometida" de la libertad.

A fin de ser más concretos, centrémonos en dos temas medulares que se mezclan en la novela: el tema de la libertad y el tema de la actividad creadora. La obra pone, por un lado, sobre la mesa el problema de la libertad. ¿Cómo no vernos reflejados en los habitantes mecanizados, carentes de toda iniciativa propia, de aquel inmundo pueblo? No hacen falta más precisiones, el hombre se ha creado sus propios demonios, sus propias tenebrosas fronteras. El hombre está atrapado en la trampa-mundo que él mismo se ha construido recurriendo a instituciones o seres trascendentes. El mundo es supersticioso, es ciego, carece de convicciones, es ramplón y mentecato. De ese trance parece despertar el bufón, de ese mundo quiere escapar. ¿Cómo es que el bufón cobró consciencia de su miseria? No está del todo claro, pero la justificación bien puede encontrarse en la gran tradición que respalda al personaje.

Por sobre esa libertad, no obstante, parece estar la inquietud por la libertad creadora. Para su tratamiento, Llorente recurre al diálogo hostil, sordo, entre personaje y autor, haciéndose a sí mismo personaje de ficción y concientizando a aquél sobre su carácter ficcional, una variación del tópico cervantino y que luego emplearan otros grandes, entre ellos Calderón (La vida es sueño), Pirandello (Sei Personaggi in Cerca d'Autore) y Unamuno (Niebla). Quizá el parentesco más visible es el que guarda el bufón con Augusto Pérez, personaje de "Niebla", pero a diferencia de éste que no tiene más remedio que cumplir los designios del creador -pese a las intentonas por confundir al propio personaje Unamuno-, aquél "consigue" la libertad ansiada. En efecto, el bufón lucha, padece, se enfrenta a innumerables vicisitudes, vuelve a caer, parece que habrá de perecer en el intento, pero más adelante el objetivo está a su alcance, objetivo del que llega a albergar serias dudas. Sólo sabemos por el personaje de la Serrana que el bufón ha cruzado los límites del mundo conocido. Su liberación, empero, de aquel mundo creado, se produce sólo porque así lo quiere el autor. No podría ser de otra manera. Su rebeldía está contemplada. El creador le da libre tránsito a su personaje y ese tránsito y esa "voluntad" que anima a éste también están determinados. Se trata de un determinismo desesperante. Por último, en "El bufón" no parece existir la duda sobre la inexistencia o irrealidad del autor que se plantea, por ejemplo, en "Niebla". Más bien, la novela parece plantear otra cosa: la historia, el escenario y el personaje, todo en suma, no parecen ser otra cosa que una representación alegórica de la prisión en la que puede llegar a vivir el creador, encerrado en sus tópicos, en sus mismas afecciones, repulsiones y sueños. El creador -aunque por desgracia, cada vez menos- es un caldero de enfermedad, de locura, un poseído que a la vez que trata de romper sus cadenas se regodea cubriéndose de fango.

Hablemos de otros aspectos de la novela. Al leer lo que primero resalta es el tempo; éste es incesante, es agotador, el lector se agita siguiendo las luchas interminables del bufón. No se le da tregua. Me da la impresión, no obstante, que el ritmo es precipitado, no ágil, y además, en su premura, monótono.

Hay mucho que decir sobre el lenguaje de la novela. En primera instancia se trata de un lenguaje hiperbólico. En muchos casos es sin duda efectivo, pero termina por causar hastío. En ocasiones, como en la descripción de la bella de la historia o en los recuentos de la broza infinita que el héroe ha de pasar, el relato recuerda a aquellas de los fairy tales o de las leyendas. En otros casos se trata de un lenguaje que recrea mucho de las vanguardias del XX, de algo más atrás (compárese la descripción de la serrana, mutatis mutandis con el hombre árbol del cuarto canto de "Los Cantos de Maldoror") o inclusive al realismo mágico garcíamarqueano: "Hace tiempo que cayó sobre nuestra comunidad la terrible enfermedad de la tristeza".

En algún lugar, a propósito de las imágenes de "El bufón", se traen a cuento las pinturas del Bosco, estableciendo su similitud por su carácter onírico. Me parece, al contrario de esa idea, que la novela puede muy bien llevar la etiqueta de surrealista, fantástica, etc, pero no de onírica. Por supuesto que en el sueño se producen combinaciones excéntricas, pero siempre dentro del terreno de lo "verosímil"; en cambio, creo que los engendros del "Jardín de las delicias" fueron producto de la lúcidez de un hombre, de sus cavilaciones, de sus demonios o de lo que se quiera, pero siempre en el terreno de la vigilia.

"El bufón" es un interesante proyecto verbal, pero su excesivo esplendor verbal opaca mucho al narrativo.

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