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Seguimos jugando - Miloš Urban

–Espérate, ¿qué está pasando allí? –dijo Sylvie haciendo un alto.
Se encontraban sobre el camino a las orillas del bosque y se pusieron a mirar en dirección a la quebrada. En ese lugar todo cubierto de hierba luchaban unos treinta muchachos. Tenían espadas de madera y palos con bolas de trapo o pelotas de tenis en las puntas. El equipo de los caballeros negros estaba robando unos caballos de paja del castillo de los rojos. Una cuerda tensada entre estacas hacía las veces de muralla. Los caballitos yacían en una pila vigilada por cuatro hombres armados. En las faldas del bosque estaban cuatro muchachas observando. En número eran menos que los muchachos y llevaban unos vestidos de colores que les llegaban hasta el suelo.
–Los negros van a ganar –conjeturó Petr.
–¿Entiendes de qué se trata? –preguntó Sylvie extrañada–. ¿Es algo así como teatro?
–Es LARP.
–¿Cómo dices?
–Live action role-playing. Hay quien juega así. Es una especie de teatro que hacen para su propia diversión.
–¿Y no se lastiman?
–Cálmate, es un esparcimiento popular entre IT's granosos para conocer gente –dijo, señalando a los muchachos y luego a las muchachas–. Vámonos ya.
La masacre estaba llegando a su culminación. Los negros habían horadado al rey de los rojos y habían capturado al guardián de la manada. Ellos mismos habían perdido un tercio de sus caballeros. Se precipitaron sobre los caballitos de paja y se los llevaron a su campamento.
–Los que se están muriendo casi ni gritan –señaló Sylvie.
–Así está acordado previamente.
–¿Y eso les parece divertido?
–Igual y sí. Estos son de los conscientes, de los que no andan berreando como locos.
–¿EcoLARP?
–A lo mejor no quieren perturbar a los cazadores... o a nosotros. ¡Apúrate! Se nos va a ir el autobús.
–¿Qué crees que van a hacer con ellos? –A Sylvie le llamaba la atención el grupo de los caballeros rojos, puestos en jaque por la guardia de los negros–. ¡Mira a aquél! Está todo azul.
Un muchacho estaba, en efecto, azul de pies a cabeza. Llevaba bermudas, camiseta y zapatos azules y con respecto a lo que podía apreciarse de su piel también era azul. Justo en ese instante volteó hacia ellos; el resto no se percató de su presencia. Por un rato estuvo observando a Petr y a Sylvie, después empezó a menear la palma de la mano de un lado a otro en señal de que se fueran.
–Nos están ahuyentando –protestó la joven–. Yo quiero mirar. No nos pueden sacar de aquí así como así, ¿o sí?
–Estamos en una vía pública, pero si no nos vamos ya, se nos va el autobús.
Llevaban una canasta llena de hongos, sobre todo de boletos, pero también de níscalos, pequeñas galampernas y rúsulas. Al volver a la ciudad, la gente los detendría para preguntarles dónde los habían recogido. Petr les diría que “por allá” y señalaría por detrás suyo. Le regodea imaginárselo.
–Tenemos hasta las cinco y media, ¿no? ¡Oye! Esa muchacha tiene un vestido precioso.
En medio de los caballeros apareció una joven con una túnica encarnada, una diadema trenzada de color oro y un velo negro. El rey vencedor guardó su espada, se quitó el casco y se puso de rodillas.
–Es la reina de los rojos –observó Petr, mostrando disgusto–. Mira cómo se le ofrendan los vencedores a la viuda alegre.
–¡Qué bonito! –dijo Sylvie dando un suspiro, mientras Petr se palmeaba la frente. Los muertos comenzaron a levantarse y se trasladaron al cementerio ficticio. El muchacho de azul les hizo un gesto con la mano mientras se pintaba con carbón unas cruces en la frente–. No parece que tengan barros estos IT's –continuó diciendo Sylvie–, definitivamente no todos. ¡Oye! ¿Por qué no jugamos también nosotros?
–Nunca me hubiera imaginado que esto te podría gustar, en serio.
–Vamos entonces a jugar.
–Pero si nosotros tenemos cosas más importantes que hacer –dijo Petr meciendo la canasta y luego poniéndola sobre el camino.
–A mí lo de los hongos ya no me hace mucha gracia; de todas formas, va a pasar mucho tiempo antes de que vuelvan a crecer. Esto se puede jugar todo el año.
–Sí, por desgracia esto se juega todo el año, incluso en la ciudad. Estos babosos se ponen a jugar a los vampiros, por ejemplo. Se echan encima color rojo con pistolitas de agua.
–¡Yupi! Petr, con eso me divertiría de lo lindo.
–No se te olvide que estás en la universidad.
–No estudio todo el tiempo, y además ahora tenemos vacaciones.
–Esto no es para nosotros.
–Tal vez para ti no, pero para mí sí. ¿Cómo se puede entrar en esto?
–¿Lo dices en serio? –le preguntó lanzándole una mirada de reproche, pero ella ni siquiera se fijó. Él se alzó de hombros–. Están en todos lados, los encuentras en internet.
–Y ¿por qué lo dices con asco?
–Porque me da asco. Son una plaga. En todo el mundo lo único que sabe hacer la gente es jugar. Si tienen cubierto el rubro comida, juegan LARP, andan cazando geocashings, y cuando no, se sientan a jugar playstation.
–Y ¿qué es lo que tendrían que hacer según tú?
–Podrían leer, por ejemplo.
–No todos son como tú. ¡Esto es totalmente inofensivo, Petr! ¿Por qué siempre reniegas de todo? Yo quiero nuevos amigos; de hecho, ya no me queda ninguno.
–Y ¿yo qué?
–Me refiero, además de ti.
–¿Te parece poco?
–Siempre con tus dramas, caray. ¿Por qué no mejor jugamos LARP? Me parece fantástico, e inofensivo. ¿Dónde confeccionan vestidos tan bonitos como ese que tiene la reina de rojo? Un día yo voy a tener ese papel.
–¡Y yo cómo carajos voy a saber! –gritó Petr, sin contenerse.
El muchacho de lentes vestido de azul de nuevo se dio vuelta para mirarlos, y lo mismo que él hicieron algunos escuderos.
–¿Qué? ¿Crees que tengo tiempo para estas tarugadas? –agregó ya con voz más baja.
–Y ¿por qué no habrías de tenerlo? –preguntó ella hundiendo el dedo en la canasta de hongos–. Para arrastrarte por el bosque buscando hongos como viejo pensionado, ¿sí tienes? ¿Frente a eso no resultan normales los de LARP?
A él le pasó por la mente la posibilidad de que ella quizá tuviera razón. Seguro que no la hubiera sacado a juntar hongos en su primer año de novios. En ese tiempo iban al bosque para tener sexo. Durante el segundo año pasaban aún más tiempo afuera, pero esas salidas no terminaban necesariamente con una penetración. En particular gustaban de ir a la montaña. En esos momentos vivían el tercer año de relación y por todas partes crecían los hongos a raudales.
–Alguna vez hice también eso de LARP –dijo él como si se defendiera.
–¿En serio?
–Sí, pero tenía dieciocho, diecinueve años. Después dejó de caerme en gracia.
–Te pusiste viejo muy rápido, ¿no?
–¡Pero si apenas tengo veinticinco! ¿Qué? ¿En serio tengo que hacer estupideces como esa de LARP o qué?
–Yo apenas tengo veinte.
–En agosto vas a cumplir veintiuno.
–Por eso. Podría jugar perfectamente esta clase de juegos.
–¿Sin mí?
–Mejor contigo –le respondió intentando darle un beso en la mejilla, pero él se apartó de ella.
–Entiende, yo no quiero. Es infantil y patético. No quiero jugar.
–Pero no se puede vivir sin jugar.
–Sí se puede.
–Que no. Sin el juego la gente no podría vivir.
–¡Claro! Porque no son capaces de soportar la realidad; el mundo está sumido en la mierda y ellos jugando.
–Tal vez precisamente por eso juegan.
–Eso se llama evasión.
–Tú también te evades de la realidad: con tus libros, tus escarceos en la escritura.
–Haz como yo, entonces.
–Yo no estoy hecha para eso. Me gusta más jugar... con ellos –dijo señalando con la barbilla.
–Entonces quédate a jugar con ellos –respondió, dispuesto a dejarla en aquel lugar. Por su parte, ella no se percataba en lo absoluto de cuán decepcionado y enojado estaba.
Ella lo agarró de la manga y le dijo:
–Fíjate en aquel muchacho que está cerca del árbol, ¿lo ves? El de la palita de madera o lo que sea que tenga. Ese de seguro tiene treinta y cinco. ¡Juegan hasta los ancianos! Y la muchacha aquella: mira, lleva un bebé en brazos.
Él miró dubitativo, con los ojos entreabiertos, hacia el pequeño claro del bosque inundado por el sol. Una mujer con vestido color café y velo blanco estaba meciendo a un niño.
–Un muñeco de plástico –dijo Petr, haciendo un gesto con la mano, aun cuando vio claramente que el infante había movido la cabeza.
Un rubio alto que hacía de rey negro le hizo señas a Sylvie para que se acercara.
–¡Puta madre! –gritó Petr, pero de inmediato volvió a callarse, pues su novia ya se alejaba de él.
Por lo menos tenía que reconocer el hecho de que ella, al descender la cañada, volteara a verlo y le lanzara una sonrisa. Luego experimentó aquello que hasta ese momento sólo había leído: quedó enceguecido por la claridad del día. Sólo fueron unos instantes, no duró más, pero el eclipse fue a tal punto real que nada más estirar la mano hizo contacto con él. Vio un vacío rojo y oyó un burbujear de la sangre que en parte matizó la celebración medieval que se desarrollaba a unos cuantos pasos de allí. Después de un parpadeo se encontró de nuevo sobre el camino a la orilla del bosque, sobre un barranco de poca profundidad, donde una multitud de caballeros rodeaba a Sylvie.
Deseaba continuar a través del camino, en dirección al campo y a donde tres postes soportaban cables de alta tensión. Tenía que haberlo hecho. Se puso la canasta en el brazo y con paso incierto bajó por la cañada.
En ese momento la reina estaba recibiendo a una nueva cortesana. Le obsequió un caballo y unas florecillas de la campiña. El rey la exhortó al baile. No sonó la música, pero los ahí presentes se tomaron de las manos y formaron un círculo a su alrededor.
Petr vio que a Sylvie el bailecito le salía a las mil maravillas, tanto cuando las parejas se rodeaban unas a otras, se miraban a la cara, unían sus manos y se volvían a soltar, como cuando retrocedían, giraban y de nuevo volvían a acercarse.
–¿Todavía estamos jugando? –le preguntó el muchacho azul a Petr, cerrándole el paso. Éste se alzó de hombros.
–¿Seguimos jugando? –exigió saber el muchacho, mostrando inseguridad. A través del intenso azul del rostro centelleaba el acné de IT.
–¿Por qué estás azul?
–Porque soy cura.
–Los curas se ven diferentes.
–¡En la tierra de los Ranghars se ven así!
–¿Estamos en la tierra de los Ranghars? Pensé que estábamos en la tierra del rey Miroslav.
Con una mueca el muchacho de azul mostró los dientes.
–Me las vas a pagar.
Se metió corriendo entre los bailarines:
–¡Esta mujer es impura! –dijo, pegando un alarido y señalando a Sylvie, a quien en ese momento el rey le estaba besando la mano.
–¿Qué cosa? –dijo el rey tartamudeando y enderezándose– ¿Todavía estamos jugando?
–Claro que estamos jugando –dijo la reina de rojo mientras se ponía en el centro del círculo–. Claro que esta mujer es impura –dijo, confirmando las palabras del cura y soltándole una bofetada a Sylvie de tal magnitud que a ésta se le cayeron las flores de la mano, si bien alcanzó a sujetarse del caballo.
–¿Llega vagabundeando de tierras extrañas y se hace aceptar entre las cortesanas para de inmediato seducir al rey? ¡Qué asco! Recibirá una docena de latigazos sobre la espalda desnuda.
Como si se mostrara dispuesta a aceptar sin chistar todo lo que le trajera el día, Sylvie se arrodilló agradeciendo a la soberana que la tocara con su mano ungida. Ahora esa mano la agarraba de los cabellos y de un jalón le volteó la cara hacia arriba. A continuación, la reina hizo que levantaran a Sylvie. Por detrás de ella llegó a hurtadillas el verdugo con una capucha sobre la cabeza. En la mano empuñaba un látigo torcido.
Petr se sintió como en un cuento de hadas malévolo. “Estamos jugando entonces”, dijo para sus adentros, al mismo tiempo que se presentaba ante el rey. Con mano temblorosa depositó la canasta frente a él.
–Permítenos marchar en paz a cambio de esta retribución. Ignoro si sólo seas rey de Ranghars o un César romano, no obstante, los romanos adoraban los hongos, y a ti, mi soberano, a no dudarlo también te vendrán muy a propósito.
El rey se apartó a discutir algo con la reina.
Sylvie dijo que tenía sed.
–Allí hay agua –le señaló alguien.
Petr condujo a Sylvie hasta donde estaba una tina de madera, de la que asomaba un cucharón de metal renegrido. Detrás del árbol reparó en un galón de plástico semivacío.
–Les falta perfeccionar esto –dijo mientras vertía agua en un tazón de hierro que estaba amarrado a la tina por medio de un cordel de cáñamo–. El plástico no tendría que aparecer en escena. Estos son de plano novatos, basta con ver al insoportable cura de azul...
El sacerdote de azul volvió a berrear algo mientras levantaba la mano. Algo llevaba en ella.
–¡Belladona alba! –gritó.
El rey se volvió y cayó en la cuenta de que iba a ser envenenado. Los alaridos que lanzaron tantos los rojos como los negros colmaron la cañada entera y medio bosque.
–¿Qué nos van a hacer? –preguntó Sylvie–. A lo mejor nos van a ejecutar, ¿verdad?
El juego había dejado de fascinarle.
Se miraron uno al otro y se echaron a correr, huyendo no en dirección del bosque ni de vuelta al camino, sino que se fueron por la senda en la que la cañada se bifurcaba ascendiendo ligeramente hasta donde estaban los postes con corriente eléctrica. A sus espaldas oyeron un ruino de zapatos, tintineos y gritos. Debajo de sus pies ya no había pasto, tan solo mies, por donde atravesaron hasta llegar al primero de los postes; ahí miraron hacia atrás pero no tuvieron tiempo ni de respirar: el sacerdote ya les había dado alcance. Se lanzó sobre Sylvie e intentó derribarla, pero Petr, concentrado y con premeditación le soltó un puñetazo que lo mandó a dormir. Los lentes salieron volando, el pintado de azul se desplomó y los fugitivos siguieron corriendo hasta que, más allá de donde se hallaba la senda, se internaron en unos abedules jóvenes. Los arbolitos estaban tupidos de hojas y ya les hacía falta una podada, pero como escondite servían bastante bien; el problema era que se abrían formando círculos en torno a unos fosos de donde se extraía mica. Ambos se arrojaron a uno de ellos y se pegaron al fondo lo más que pudieron.
Para ese momento, tanto los negros como los rojos, en desordenada formación, ya se habían abierto paso entre los árboles. Sylvie contenía el aliento, Petr se mordía los nudillos. Se oyó un silbido agudo, el crujir de unas ramas y los murmullos de unos pasos presurosos.
–Aquí están –dijo alguien y lanzó un aullido de dolor.
Sylvie levantó la cabeza y en ese momento un caballero rojo cayó a su lado en el fondo del foso. Se agarró la pierna. Tenía clavada una flecha de madera adornada con plumas en el extremo opuesto. El joven se retorcía de un lado a otro, afanándose por sacarse la flecha. Sylvie y Petr se apartaron de él con cara de incredulidad.
–¿Qué le hiciste? –le gritó a Petr otro de rojo.
–¿Yo?
–¿Seguimos jugando o se están jugando dos partidas? –preguntó uno que tenía por lo menos treinta y cinco, y luego, soltando un alarido, se fue a apoyar en un árbol. Ahora también él había sido alcanzado por una flecha, que asomaba por debajo de la clavícula. El hombre castañeteaba los dientes y de la cara se le escurría el color.
–¡Déjense de estupideces! ¿Los apreso? –se oyó la voz de un fortachón que señalaba en dirección al foso.
En la orilla del foso apareció el rey y, junto a él, el sacerdote de azul. Traía todos los lentes chuecos.
–Alguien les está disparando –dijo Petr y se acurrucó sobre Sylvie a fin de protegerla. El joven que estaba a su lado se sacó la flecha de la pierna y la sangre le brotó de la herida.
El rey miró distraídamente a uno y a otro, como si no supiera qué hacer. Después, algo detrás en el bosque capturó su mirada. Quiso darle un golpecito al sacerdote, pero éste se dio media vuelta y huyo sin decir palabra. Algunos caballeros lo imitaron.
Por todas partes vinieron al encuentro del rey guerreros desconocidos. Algunos llevaban en la mano un arco tendido con la flecha lista para ser disparada; otros portaban lanzas. A primera vista parecían indios, medio desnudos y bronceados, y los ojos ligeramente alargados, aunque probablemente sólo los tuvieran maquillados. Después quedó de manifiesto que no guardaban semejanza con ningún tipo conocido de guerreros. Sobre la cabeza tenían gorros de piel y algunos de ellos llevaban colgada del hombro una piel por completo absurda en un día de calor. La llevaban amarrada incluso alrededor de los riñones. Lo más extraño era su calzado: las sandalias estaban hechas de hierba; las botas, desgastadas y de mal aspecto, eran de corteza de roble o pino. Se detuvieron como si les hubieran dado una orden, clavando la mirada en los atónitos caballeros.
–¿Se volvieron locos? –comenzó a increparlos el rey–. ¿Son flechas reales?
Uno de los guerreros rodeó el foso haciendo una maniobra con la lanza: la hizo girar con rapidez y de inmediato la arrojó. El rey se dobló y cayó en tierra.
Los caballeros se espabilaron. El fortachón del escudo negro puso en lo alto su hacha a fin de asestarle un golpe al guerrero, pero éste lo eludió y despachó al agresor igual que como había hecho con el rey.
–¿Somos libres? ¿Podemos irnos? –preguntó Petr, mientras ayudaba a Sylvie a salir del foso. Uno de los desconocidos asintió mostrándoles algo entre los árboles. Sylvie y Petr partieron en esa dirección y los guerreros los siguieron.
Llegaron a un claro quemado en cuyo centro descansaba una piedra lisa. A su alrededor se erguían hombres parecidos a aquellos que acababan de salir del bosque. Un hombre extraordinariamente gordo estaba sentado sobre la piedra. También él estaba casi desnudo, excepto por el gorro lanudo y el calzado de corteza. Un collar parecido a una red le colgaba a través de pecho y panza. En el collar se le entrelazaban unos tornillos de acero, unas plumas de plástico, relojes de mano, gafas de ciclista y otros objetos.
El cabecilla hacía como si Petr no estuviera ahí para nada; sólo tenía ojos para Sylvie.
Alrededor del bloque de piedra se hallaban ocho sujetos vestidos con armaduras de corteza gruesa. Todos portaban picas y espadas cortas. Las armas se veían filosas. La espada del que estaba sentado sobre la piedra era combada y descansaba sobre sus muslos. Sylvie sacó el celular de la bolsa y comenzó a teclear un número. Una mano le quitó el aparato y se lo entregó al cabecilla. Éste lo apretó tanto que terminó por arruinarle la tapa posterior. El teléfono fue a dar atrás de la piedra, pero la tapa brillante se fue a sumar a los elementos trenzados en el collar.
–Eso lo vi en una película –dijo Petr–. ¿No fue en Mad Max? Creo que la tres.
El cabecilla, divertido, empezó a menear la cabeza.
–Baldnurir –dijo riéndose–, baldnurir latungu niu dalanyab.
Sylvie se echó a correr, pero la atraparon a los pocos metros. Petr fue en su ayuda, aun cuando sabía que nada podía hacer. Alguien lo tropezó y luego lo llevaron hasta donde ella estaba. Les dieron algo de beber que estaba dentro de un odre de cuero, era dulce y picante, un poco como licor de miel. Petr empezó a marearse, el sol ya se retiraba del firmamento y él tuvo que darse vuelta para poder verlo, alguien le había robado el reloj. Se dio cuenta de que montaba un caballo y de que iba amarrado a él. Divisó a Sylvie, que iba montando otro, un caballo castrado y gordo. Junto con ella, sobre el mismo caballo, iba el cabecilla, que justo en ese instante algo vociferaba y tanto los caballos como los guerreros se pusieron en marcha a través del claro calcinado.
Petr echó la vista hacia atrás. El bosque bajo de abedules se mecía, susurraba como el oleaje del mar. Por algún lado se oyó un clic y el sol descendió en el horizonte.
–¿Todavía estamos jugando? –le preguntó al hombre que iba andando a un lado del caballo.
El guerrero miró hacia arriba y respondió:
–Ustedes-jugan-mal-así. Ahora-vamos-bueno-a-jugar... Nuestro-juego.
En el horizonte en penumbra se recortaban ennegrecidas las siluetas de las casas de campaña, desde donde el humo ascendía en dirección al cielo.



Trad. Jorge Simon









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